La limpieza facial es la base de cualquier protocolo, pero es también donde se cometen los errores más frecuentes — muchos de ellos invisibles a simple vista hasta que el tratamiento no da los resultados esperados.
Algunos de los más comunes: no adaptar el producto al tipo de piel real (no al que “parece” tener), saltar pasos por apuro de tiempo en consulta, y no reevaluar el protocolo cuando la piel del paciente cambia con las estaciones o el tratamiento en curso.


